Leyendas Leyendas

LEYENDAS Y MITOS

Se denomina leyenda a la relación de sucesos maravillosos o extraordinarios. Relato de transmisión oral o escrita de un hecho legendario.

El mito es un relato popular o literario que presenta seres sobrenaturales y acciones imaginarias y en el que se proyecta tanto los recuerdos fantaseados de acontecimientos vividos por un pueblo como los fundamentos del comportamiento popular y de las relaciones sociales de dicho pueblo.

EL CERRO MIRADOR

Este cerro se encuentra a la salida de la carretera de Pátapo - Pucalá. Se cuenta que en este cerrito al atardecer, veían subir a un anciano, subía, subía hasta llegar a la cima. Los muchachos decían que estaba loco y subían a fastidiar/o, al comienzo el anciano se incomodaba, pero poco a poco fue acostumbrándose a los facinerosos. Un día les habló y esto para ellos era novedad, ya que siempre estaba callado. El les dijo "ustedes piensan que soy un loco, pero no es así, yo soy el guardián de este cerro, vivo en él; los chicos rieron y le dijeron a coro "como que vives aquí, si aquí no hay puertas, por donde entres, sólo los diablos pueden hacer eso". El anciano sonrió y les respondió: "yo no soy un diablo, solo soy el guardián, será mejor que se vayan, ya se hizo de noche y se pueden caer al bajar”.

Los chicos muy a su pesar decidieron regresar a sus casas que estaban alrededor del cerro, pasaron cinco días y no volvieron a ver al anciano y se preguntaban donde podía estar, pero al sexto día lo vieron en la cima parado observando la hacienda, lo miraba todo como un vigilante que era, quisieron subir cuando doña Tomasa, la viejita más mayorcita del lugar les dijo "no vayan, él estará ocupado esta noche y será mejor que se acuesten temprano, porque hoy será una noche muy fea". Su sobrino manuelito le dijo "tía cuéntanos por qué dices eso, aún es muy temprano para ir a dormir".

La tía empezó a contar lo que a ella también le habían contado: hace no sé cuantos años, tantísimo quizás, Dios le dio por encargo a este anciano, ser el guardián de este cerro, era necesario por que cada cierto tiempo, del cerro de enfrente, ese cerrito negro que ven allá, sale por la noche un toro negro, tan negro como la noche; de sus ojos salen rayos de fuego y de su nariz humo negro y hediondo y grandes cantidades de baba de su hocico. este viene con intenciones de destruir todo lo que esta cerca de nuestro cerro, entonces el guardián que está atento, mirando el momento en que este viene, abre su cerro y sale de él un torito pequeño que al lado del otro torazo, parece un recién nacido, pero es blanco como la luna, de una mirada brillante y con unos cascos de oro, el pelaje del lomo le brilla, es hermoso, así pequeño, se preparaba para enfrentarse y defender al pueblito, a sus animalitos en fin a todo lo bueno que estaba cerca de su cerro, llegó el momento de la lucha y en medio de los dos cerros empezó la pelea; el toro negro arremetía con mucha violencia y mordía, daba cachazos, pero el torito blanco lo rechazaba, sentía las puntas de sus cachos en su piel que sangraba, pero no le permitía que éste avance, lo empujaba con todas sus fuerzas y lo hacia retroceder y así luchaban desde las doce de la noche hasta el amanecer, cuando los gallos cantaban, el toro negro maltrecho y avergonzado, corría a esconderse a su cerro negro, y el torito blanco sangrando regresaba vencedor a su guardián, quien le salía al encuentro, lo acariciaba y al contacto de su mano sus heridas sanaban y volvía a ser el torito bonito, entraba a su cerro y desaparecía, al igual que el guardián.

Los chicos al escuchar el relato quisieron quedarse a ver esto, pero la tía Tomasa les aconsejó que se fueran a sus casas y oigan lo que oigan que no salgan por que el toro negro podía tomar sus almas. Al día siguiente escuchaban a los vecinos "¿oye qué bulla era esa la de anoche? ”No sé hermano parecía que el cerro se venía a bajo", "si pues".

Es por eso que los chicos no vieron más al guardián y decían "ya no viene el mirador, verdad muchachos" "si pues ya no está", pero su cerro es nuestro, claro es nuestro "cerro mirador", y subieron corriendo a jugar en su cima.


LA LLORONA

Nos contaban nuestros abuelos que hace muchísimo tiempo, en época de hacienda, no había los carros y todo transporte se hacía con carretas, las cuales eran jaladas por dos caballos.

En ese entonces sucedían hechos raros, se sentían el caminar pesado de las almas en pena, o el silbar del muerto, o el encanto de los niños recién nacidos y sin bautizo, por los duendes; todas estas cosas misteriosas se daban en Pátapo y en toda la hacienda. Pero lo que más asustaba a los trabajadores de esa época era la aparición de la llorona.
Cuentan que a uno de los vigilantes de la hacienda, el Sr. Rodríguez, quien tenía por trabajo ir a despertar de casa en casa a los trabajadores que hacían turno, como a los tractoristas, a los que trabajaban en la fábrica, campo, etc.; le tocó ese martes, mal día para él, ir a despertar a los señores de la calle Hospital, calle Ancha, el Algarrobo, Mango, etc. (estos nombres tenían antes estas calles).

Para llegar a estas calles, él tenía que cruzar un callejón y de ese callejón salía según cuentan la llorona ya que fue allí donde esta mujer murió aplastada por una carreta, cuyos caballos se habían desbocado, a raíz de esta muerte violenta el alma de esta mujer no tenía descanso y cada cierto tiempo salía a llorar su pena, dicen que su llanto era muy triste y que el que lo escuchaba terminaba babeando del miedo, pues el Sr. Rodríguez no quiso cruzar el callejón y decidió avanzar un poco más para dejar su caballo cerca a la casa del Sr. Valderrama, su amigo, y así lo hizo, dejó su caballo y se fue a despertar a los trabajadores aunque sentía temor, el siguió con su trabajo... "Vásquez ya es hora" , “Ruiz ya levántate, te espera el camión" y así iba cumpliendo con su trabajo; hasta que terminó y regresó a su caballo, él iba acercándose, cuando ya le faltaba pocos metros para llegar al caballo vio que en su silla estaba sentada una mujer; se detuvo y sintió que sus cabellos se erizaban, pues era una mujer vestida de negro, cubierta la cabeza con un manto negro; el Sr. Rodríguez se sentía como plantado en la tierra, pero pensó y se dio ánimo, era la llorona, entonces cogió su machete y comienza a andar a paso rápido por la calle Ancha (hoy Av. San Martín), se dio la vuelta para ver su caballo, cuando su sorpresa fue mayor mujer venía detrás de él y es cuando escuchó su llanto "ay, ay mis hijos, ay, ay mis hijos". Rodríguez no supo ni como cruzó el callejón, iba corriendo ya, vuelve a mirar atrás y ve que la llorona no pisaba la tierra, se le veía flotando, esto lo llenó de terror y avanzó más rápido, hasta que el pobre logró llegar a su casa que por suerte estaba cerca. Tocó con fuerza su puerta gritando:
¡Abre Clara, la llorona, la llorona, abre! su mujer con sus hijos salieron y abrieron la puerta, este entró y cerró con fuerza, pues sintió que la empujaron. Estaba pálido y temblaba, a tanto había llegado su miedo que sintió el pantalón mojado, por adelante y por detrás, sus hijos adolescentes e incrédulos se rieron a carcajadas ¡mi papá, se ensució el pantalón, mi papá, se ensució el pantalón! Los vecinos quienes habían escuchado los gritos de Rodríguez, estaban afuera y escucharon a los hijos de este y se rieron también, desde ese entonces a Rodríguez se le puso el apodo de "Rodríguez el cagón", y la llorona siguió asustando a quien por desgracia se le cruzaba en el camino.

 


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